Vivía en el Distrito Federal el 19 de septiembre de 1985. Ese día supe lo que era un terremoto a las 7:19:42 de la mañana. Lo recuerdo hasta los segundos porque fue lo último que alcanzó a mencionar Lourdes Guerrero …
Vivía en el Distrito Federal el 19 de septiembre de 1985. Ese día supe lo que era un terremoto a las 7:19:42 de la mañana. Lo recuerdo hasta los segundos porque fue lo último que alcanzó a mencionar Lourdes Guerrero antes de que se cortara la señal por la caída del edificio de Televisa Chapultepec.
Estaba con mis hermanos Miriam y Guillermo. Nos miramos atónitos y lo que se me ocurrió fue asomarme a la ventana para ver el edificio de lo que iba a ser el Hotel de México (hoy WTC). Me preocupaba que la estructura era altísima y si caía, lo haría sobre varios edificios de departamentos de la calle Magdalena -paralela a Insurgentes-, entre los cuales estaba el nuestro.
Decidimos salir cada quien a sus labores y conocer los daños ya que se escuchaban las sirenas de ambulancias, patrullas y coches de bomberos por todos lados. Vi a una madre con su hija uniformada de aproximadamente 10 años. Cruzaron la avenida y la señora me preguntó: “¿Qué me recomienda? ¿La llevo a la escuela?”. Le respondí: “Si no tiene que regresar a su casa para ver por otros miembros de la familia, le recomiendo ir a la escuela. Pero no pase al lado de edificios altos”.
En ese instante pensé que gracias a Dios, dentro de la gran tragedia, ésta había ocurrido antes del ingreso a clases de millones de niños. ¿Se imaginan el daño si hubiera sido a las 8:19 horas?
Yo tenía que ir al edificio del PRI en Insurgentes Norte No. 59. En esa época colaboraba como secretario particular de José Natividad González Parás, que era el secretario de Divulgación Ideológica del CEN. Me preocupaba un intendente que iniciaba su jornada laboral a las 6:30 horas, por lo que seguramente estaba en el edificio durante el sismo.
En las cuadras que recorrí por Insurgentes en la Colonia del Valle, no había daños. Pero al cruzar el Viaducto Miguel Alemán comencé a conocer la verdadera magnitud del desastre.
Al entrar a las colonias Roma y Condesa eran múltiples las estructuras dañadas y los edificios caídos. Al llegar a Reforma, vi el desaparecido Hotel Continental y su Belvedere completamente destrozados. La Cruz Roja y Bomberos ya trabajaban en el lugar.
Hacia la Avenida Juárez se veía mucho humo: se habían caído los Hoteles Regis, Alameda y Del Prado.
Me faltaba caminar alrededor de 20 cuadras para conocer el estado en que se encontraba Juanito, nuestro colaborador. Al llegar descubrí que se habían venido abajo los dos últimos pisos del edificio de Insurgentes Norte No. 59, que era donde laborábamos.
Afortunadamente Juanito tenía sólo algunos raspones y golpes que no ponían en peligro su vida, ya que alcanzó a bajar las escaleras y a ponerse a salvo antes del derrumbe del inmueble.
Había pánico por los daños, por las noticias, por la falta de transporte y de servicios, por el desconocimiento de cómo se encontraban otros familiares o seres queridos.
La decisión final de casi todos los que ahí estábamos fue dirigirnos a ayudar en todo lo que nos fuera posible en los edificios caídos. Quedamos en regresar a las 15:00 horas, para reportarnos con los jefes. Así lo hicimos.
Siguieron las réplicas y por ende, la caída de más edificios e instalaciones. Lo que siguió es de todos conocidos: más de 30 mil estructuras dañadas de todo tipo.
El Centro Médico Nacional, la Secretaría de Comercio, el Hotel Compostela eran algunos de los inmuebles de la larga lista de lugares afectados.
Se hablaba de entre 6 mil y 7 mil muertos y desaparecidos. Después se supo que fueron más de 10 mil.
Las autoridades no salían, ni actuaban, fue la población civil la que atendía las emergencias y los rescates.
Ante esto, se dio la mayor muestra de solidaridad humana que jamás haya visto. Los jóvenes de la Universidad Anáhuac junto a los del Politécnico Nacional, ayudando y aportando. Las madres de familia, secretarias y jóvenes estudiantes, auxiliando como ayudantes de enfermeras, cocineras y cuidadoras de niños y bebés. El Ejército actuando sin armas en su peor frente y, por momentos, las lágrimas de todos brotando, ante tal calamidad.
Así nació una nueva cultura en este país que no estaba preparado para atender desastres geológicos como los sismos, químicos como la explosión de San Juanico e hidrometeorológicos como el huracán Gilberto.
Por eso hoy es el Día Nacional de la Protección Civil, para recordarnos que aprendimos a enfrentar las contingencias contra las que antes no sabíamos qué hacer. El autor fue el primer Director de Protección Civil de Nuevo León.
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