Apenas es media semana y ya han deambulado las almas en pena presidenciales de AMLO, Camacho, Peña, Calderón, Salinas y Zedillo. Vamos en orden de aparición: que se olvide Marcelo Ebrard de que López Obrador le franqueará el paso a …
Apenas es media semana y ya han deambulado las almas en pena presidenciales de AMLO, Camacho, Peña, Calderón, Salinas y Zedillo. Vamos en orden de aparición: que se olvide Marcelo Ebrard de que López Obrador le franqueará el paso a la candidatura presidencial de las “izquierdas” en 2018. Y que se olvide también el próximo jefe de Gobierno del DF, Mancera, de que la dupla Camacho-Ebrard le dejará resquicio alguno para construir una probabilidad propia.
AMLO empezó el domingo su campaña para estar en la boleta en 2018, como lo estará en 2024 y probablemente en las presidenciales que sigan, hasta el final de su vida. Probó en 2006 la inminencia de su arribo a Palacio Nacional y se quedó suspendido del sueño de haber llegado, al grado de proclamarse presidente legítimo. Y desde allí prolongó ese sueño en este trayecto sin fin como candidato presidencial a perpetuidad, un sucedáneo de su verdadera vocación de poder vitalicio.
Fue una larga pesadilla para el ganador de la Presidencia en 2006 y un mal sueño de algunas noches para el ganador de 2012. Ahora está claro lo que nos esperaba si se hubiera desvanecido el medio punto que separó a AMLO de la Presidencia hace seis años y que lo mantiene hasta hoy como alma en pena, la primera en hacerse presente al arrancar la semana, con su proyecto de partido propio.
Hacedor de reyes
En 1994, Manuel Camacho se resistió con todo a la disipación de su propio sueño presidencial. Ello devino en pesadilla para el candidato Colosio. Pero Camacho finalmente se replegó ante Zedillo y cambió de giro: de destructor de sus competidores como aspirante a rey, pasó a ser hacedor de reyes, en la tradición de los Kingmakers hecha célebre en la Guerra de las Rosas de hace 600 años en Inglaterra. Quedó como concepto y se aplica hoy a los aspirantes inviables al poder que optan por construir proyectos de poder para los que consideran sus pupilos a tutelar.
Es cierto que a Camacho le falló la construcción del poder para AMLO. Y es cierto también que de haberlo logrado hubiera fallado en su plan de tutelarlo. Y si ahora no le falla el proyecto de fabricación del rey Marcelo, seguro le fallará el propósito de mantenerlo bajo su tutela. Ya después podrá construir el reinado de Mancera, si es que éste no se le adelanta en la fila.
Por lo pronto, el alma en pena de Camacho rondará estos años por el Senado, a ratos como pesadilla y a ratos también como el encantador de serpientes capaz de hipnotizar con sus “jugadas” lo mismo al panista presidente de salida —a quien llevó a aliarse con el PRD en varios estados— que al priísta presidente entrante, a quien ayer reconoció sin condiciones. Encandilará también a los caciques del Congreso y de los partidos de izquierda. A éstos y a otros personajes con menos imaginación, pero con igual ambición, los cilindrea ahora con la quimera de una opción socialdemócrata, con el pequeño problema que ni él ni sus cilindreados han sido nunca de izquierdas ni socialdemócratas.
Presidentes y ex presidentes
Como últimas almas presidenciales en pena de la semana aparecen el presidente electo Peña Nieto, que no logra construir su propia narrativa y hoy da el inverosímil tumbo discursivo de que los presidentes no tienen amigos. Le sigue el presidente todavía en funciones, Calderón, quien después de no contar una historia persuasiva como presidente, anticipa su historia como ex presidente: el que le marca la pauta a seguir a su sucesor, ahora en materia petrolera. Luego está el ex presidente Salinas, provocando a más de un cirujano plástico molesto con su sonrisa. Y, por último, está el alma en pena del ex presidente Zedillo, quien por un lado disfruta la inmunidad estadounidense que lo salvó de la investigación de los crímenes de Acteal, y por otro lado dice que quienes lo acusaron lo calumniaron. Sólo que la inmunidad —el privilegio de no ser investigado— no echa abajo las acusaciones y en cambio evita que un juez determine si se trata de calumnias.
Académico
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