Aurelio Ramos Méndez Con la validación de la elección de diputados y senadores, incluido el reparto de plurinominales, el Congreso está listo para iniciar el primer período de sesiones de la LXII Legislatura. Los coordinadores de bancadas exudan entusiasmo. Y …
Aurelio Ramos Méndez
Con la validación de la elección de diputados y senadores, incluido el reparto de plurinominales, el Congreso está listo para iniciar el primer período de sesiones de la LXII Legislatura. Los coordinadores de bancadas exudan entusiasmo. Y hasta anticipan fechas para sus primeros grandes acuerdos. Qué bueno. Pero más allá de este optimismo desbordante, las esquivas reformas estructurales aún deberán esperar.
Los panistas, pastoreados por Luis Alberto Villarreal y Ernesto Cordero, tienen el pie en el acelerador. Tratan de aprovechar la menguante fuerza del gobierno para forzar arreglos sobre las ambiciosas reformas. Obviamente, aspiran conseguirlas en los términos que de modo infructuoso su partido y el presidente Felipe Calderón intentaron sacarlas adelante durante el sexenio reprobado en las urnas.
Encabezados por Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa, los priistas exhiben impaciencia por acometer los cambios en temas capitales. Es pantomima. Por su dilatada experiencia ambos políticos saben que el camino de las reformas es aún largo y azaroso.
Al final del proceso de validación electoral los números son poco esperanzadores.
El PRI es mayoría en ambas cámaras. Mayoría simple, a secas, ordinaria o como prefiera denominarse el hecho de constituir el grupo más numeroso sobre un total determinado, de 500 y 128 integrantes. No es la “primera minoría”, como pocos y despistados miembros aun del mismo partido consideran su bancada. Esta calidad, en San Lázaro y el Senado, corresponde al PAN.
La fracción del PRI, eso sí, no es en mayoría absoluta –la mitad más uno de la Cámara Baja-, suficiente para sacar adelante reformas legales y acuerdos menores. Suma 207 diputados. Y en la Cámara Alta tiene 52 escaños.
Para alcanzar 251 diputados el tricolor necesitará conservar la adhesión de los 34 miembros de su aliado, el PVEM, y diez más, que podrían provenir del Panal o –en ese genuino tianguis de voluntades que es el Palacio Legislativo— de cualesquiera otras formaciones.
Aprobar reformas constitucionales y de gran envergadura presentará un verdadero desafío. La bancada mayoritaria necesitará 126 votos para completar los 333 que representan las dos terceras partes, indispensables por mandato de la Carta Magna para formar mayoría calificada.
Esto significa que el PRI, si su determinación fuese coligarse con la derrotada derecha panista, necesitará de la totalidad de los 114 legisladores del blanquiazul, y doce más, a quienes deberá buscar en el mercado de votos de las restantes fuerzas.
Aun si conservase a su lado al PVEM, con cuyos legisladores haría un total de 241, el tricolor aun requeriría 92 votos para poder darle luz verde a las modificaciones constitucionales.
Los dirigentes del PRI deben estar cavilosos tratando de hacer la mejor lectura de su triunfo el 1de julio. Con base en la cual podrán luego aventurar si sus votantes aprobarían un eventual amasiato con el PAN o aspiran alejarse lo más posible de este partido al que los electores le dieron la espalda en las urnas.
Suena a herejía en estos tiempos de pragmatismo y proliferación de saltimbanquis defender el criterio de que los electores desean partidos claramente diferenciados entre sí, no sólo en sus métodos sino sobre todo en sus propuestas y programas para la conducción del Estado.
Los ciudadanos aspiran también contar con formaciones políticas que a la hora de legislar defiendan sus iniciativas con apego a principios e intereses genuinamente nacionales, no conveniencias de grupos de poder.
Nuestro raquítico sistema de partidos está pervertido al máximo. Hasta el punto de que los grandes se confunden entre sí en lo ideológico e incluso se piratean ideas, sin que ello se note, y los pequeños han sido creados como verdaderos negocios.
Las cámaras legislativas serán en esta Legislatura reinos del nepotismo. Además de los infaltables compadres y amigos, convivirán ahora en el mismo recinto, y aun en la misma fracción, hijos, hermanos, esposas, primos, tíos, sobrinos y parientes diversos. Los hermanos David y Ricardo Monreal Ávila son apenas dos botones de muestra.
No estamos ante el inocente cultivo de una misma vocación por inspiraciones de linaje, sino de una real toma del Congreso por clanes familiares con deliberadas intenciones de depredación del presupuesto público.
Palidecen frente a esta irritante realidad las dinastías del panismo tradicionalmente enquistadas en la política. Las de los Vicencio Tovar, los Ling Altamirano, los Gómez Mont, los Gómez del Campo, y más recientemente los Clouthier y otros prohombres. Castas a las cuales Josefina Vázquez Mota, en sus hilarantes discursos de campaña, fingía no conocer cuando criticaba con acritud otras parentelas usufructuarias de partidos.
En este escenario de fuerzas políticas reproducidas por clonación y ex profeso para lucrar, el nuevo PRI deberá escoger si adopta los postulados del PAN en decadencia o los de una izquierda levente robustecida a pesar de sus incontables deficiencias. Y si recurre al sencillo expediente de la cooptación o aun la abierta compra de votos.
El PRI de Enrique Peña Nieto deberá discernir tales opciones con la certeza de que sus decisiones se verán reflejadas en los comicios intermedios de 2015 y luego en 2018.
De la definición de sus alianzas camerales y los procedimientos empleados para hacer mayoría calificada y sacar adelante las reformas estructurales con una orientación propia, dependerá que el retorno del PRI a la Presidencia sea de largo aliento o apenas un regreso fugaz para terminar de recoger sus pertenencias y partir rumbo al olvido.
Diputados y senadores, debidamente documentados –constancia, charola, cuenta bancaria para el depósito de dietas—, capacitados en el empleo de modernos y costosos instrumentos –tablero electrónico de votación, celulares, tabletas, computadoras personales—comen ansias por entrar en acción.
Los coordinadores, con talante de estadista y profusión de lugares comunes, adelantan arreglos sobre las reformas. Soslayan que otras muchas negociaciones y jaloneos aún condicionan la marcha del Congreso. Desde el reparto de comisiones de trabajo —es decir, de controles políticos, recursos y prebendas— hasta la calificación de la elección presidencial y la toma de posesión el 1de diciembre.
No les vendría mal, pues, algo de prudencia, antes que echar las campanas a vuelo.
FIN DE FIESTA
Sería hilarante si no estuviera al borde de la tragedia. Los actores de la guerra contra el narcotráfico, como en una comedia de enredos, acaban el sexenio baleándose entre sí. Policías estadunidenses en ruta a instalaciones de Marina fueron atacados por miembros de la ejemplar Policía Federal. Y marinos y militares debieron intervenir para controlar a los agresores. Sin víctimas letales, salió barato el numerito, si se compara con los recientes asesinatos de federales por federales en el aeropuerto capitalino.
aureramos@cronica.com.mx
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