DE IDA Y VUELTA Ya no disfruto como antes las invitaciones a desayunar o a comer, eso incluso sin considerar el viejo adagio que demuestra que la clase intelectual y cultural de los mexicanos es alta y prolija: “A la …
DE IDA Y VUELTA
Ya no disfruto como antes las invitaciones a desayunar o a comer, eso incluso sin considerar el viejo adagio que demuestra que la clase intelectual y cultural de los mexicanos es alta y prolija: “A la gorra ni quien le corra” (¿a poco no nos pulimos?).
Y es que cada desayuno o comida viene siempre aderezado con una letanía larga como el colmillo de los Yunes, una agónica cantaleta de las penas y desventuras, de lo que antes podíamos comer y ahora lo tenemos prohibidísimo. Cuántas veces no se encuentra Usted bien amado lector en un restaurante y de la mesa de junto un grito le sube el azúcar: ¡Nooooo! Joven, me quiere matar, le pedí sólo las claras de huevo, con lo elevado de mi colesterol si me como lo que me sirvió aquí mismo doy el changazo. Mire, lléveselo por favor y de una vez me cambia los frijoles refritos, piense en mis triglicéridos.
Escuchado lo anterior voltea a su entusiasmado plato que chacualea en yemas de huevo (porque sólo así concibo las yemas, blanditas y tiernas como alguna vez tuve las pompis) y observa el plato ya vacío en donde urdió previamente una bomba de pan tostado con mantequilla, azúcar y recubierto de mermelada… y esa visión lo hace sentirse culpable. Eso no es de Dios.
Y si la culpa propia no fuera suficiente luego viene la culpa prestada, la de la pareja que supura grasita hasta por los poros y cuando sale alta en los análisis lo nombran a Usted el cuico de los triglicéridos “No me dejes comer de más, si ves que me estoy pasando me avisas”. Todo termina y aventamos la toalla cuando en una reunión familiar, la suegra, con esa voz dulce que extrañamos el día del Grito, te jala a un rincón y te pregunta cómo sigue su nena o su nene. Pos ahí va, sigue a dieta y se está medicando. Mira, dice la señora, yo te quería pedir, por favor, que ya no le des de comer tanto porque se está poniendo muy gordita y le va a hacer daño. Señora ¿acaso cree que me la paso aventándole al mastín que me dio por pareja filetes y tacos de cochinita?
Hasta ahí llega la solidaridad conyugal. Ultimadamente cada quien hace con su vida un papalote. Pero volvamos a la escena de los desayunos y comidas que era de lo que hablábamos, pues yo siempre he tenido mi lado empático y me da una dilatada pena ver los obsequiosos e infructuosos esfuerzos de los meseros. “Una orden de Huevos Toks, pero sin yemas joven, y en lugar de frijoles póngale una papa hash brown”… y el de junto pide, “A mi también unos Huevos Toks, pero en lugar de salsita taquera ciérnalos de zumo de queso cottage y en lugar de tortillas me trae pan sin levadura, de los que le hayan quedado de la Semana Santa”… ¡por favor! Si usted fuera mesero mandaría al rancho del Peje a dos o tres comensales al día.
Así es la vida, pues dicen, y dicen bien, que cuando uno es joven no tiene dinero para comer todo lo que quisiera, y cuando uno es viejo ya tiene el dinero pero ya no puede comer. Yo me tengo que restringir también de algunas cositas, no puedo comer champiñones, hongos, setas, ni cualquier similar, también me limito con el picante y trato (sólo trato) de comer menos para que mi fastidiosa gastritis y la hernia hiatal no se me pongan remolonas.
No me he hecho exámenes últimamente, pero tengo todas las intenciones de no terminar el año sin hacerme un chequeo completo aprovechando los paquetes de Jalogüín. Algo tengo, no sé qué es. Sólo sé que este último par de meses he podido dormir dentro de lo que cabe bien y duermo mis ocho horas diarias por las noches. El problema es que en el día ando como caballo lechero, sigo con mucho sueño y ando fatigoso y arrastrando los pies con pasitos lentos y cansados como los de Pancho Loyo. A cuidarnos pues, que algo traemos.
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