Sonia González. Corresponsal Como defensor de los derechos humanos, el mexicano José Manuel Ramos Robles conoce el dramas de los indígenas en Centroamérica y la dureza de las condiciones de cárceles que dejan al descubierto “la parte más oscura de …
Sonia González. Corresponsal
Como defensor de los derechos humanos, el mexicano José Manuel Ramos Robles conoce el dramas de los indígenas en Centroamérica y la dureza de las condiciones de cárceles que dejan al descubierto “la parte más oscura de la sociedad”.
En entrevista con Notimex, Ramos Robles, de 36 años de edad y originario del central estado mexicano de Guanajuato, dice haber dedicado una década de su vida trabajar con presos en Venezuela, indígenas centroamericanos y miembros de las comunidades gay, lesbianas y transexuales.
Ramos Robles, fanático de la comida mexicana y el futbol, es consultor en temas de cooperación, planificación y derechos humanos de las embajadas de Dinamarca, Noruega y Suiza en Centroamérica con oficina en Managua.
Es licenciado en Derecho y con una maestría en Derecho Internacional Humanitario y Derechos Humanos en España, donde conoció a su esposa, una ciudadana danesa.
Sus tres hijos ostentan las nacionalidades mexicana, danesa y nicaragüense.
Se ha desempeñado en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y es consultor del organismo Transparencia Internacional.
Sobre su experiencia con los indígenas, dice que las etnias en Centroamérica son “invisibles” y excluidas. “Tienen poco y deben arreglarse por sí mismos” la subsistencia en zonas muy alejadas, afirmó.
Las mujeres miskitas en las riberas del río Coco, en la frontera con Honduras, por ejemplo, llevan “la peor” parte, son más pobres y ubicadas en la “cola” de las minorías, sin acceso a las oportunidades de educación y trabajo, expresó.
Respecto a los migrantes mexicanos en Estados Unidos, lamentó el “drama” que sufren en esa nación.
Como migrante privilegiado criticó “la poca sensibilidad” de autoridades de su país “con la hermandad latinoamericana” por los episodios de violencia en contra de los indocumentados en tránsito hacia Estados Unidos.
Hace unos años se planteó la idea de regresar a México y comprendió que es tan difícil o más como la decisión de salir por primera vez de su país.
Retornar “es más complicado” por el desarrollo de la profesión en el exterior, los contactos y “el camino ya andado” a lo largo de una década en Centroamérica.
Su familia ha creado “un arraigo fuerte en Nicaragua” por la permanencia de más de ocho años en la que llama “su segunda patria” y por los amigos que han llegado a ser parte “entrañable” de sus vidas.
“Tengo amigos que extrañaría mucho… y gente que lo adopta a uno en su casa”. Los amigos han conformado un equipo de futbol que juega en finales de semanas y, para aliviar la añoranza, en su casa se come “la mejor comida mexicana”.
Recordó como su ingreso a la agencia del Sistema de Naciones Unidas “fue complicado al inicio. Un reto grande”, no obstante, con el tiempo conoció los esquemas y formas de trabajo.
La mejor carta de presentación “es un trabajo de calidad y el secreto no es entrar –a laborar en los organismos internacionales-, sino mantenerse”, acotó.
Sobre el contacto con los nicaragüenses, aprecia su calidez. “La gente de Nicaragua es lo mejor”, afirmó.
Al principio de un viaje que se ha prolongado más de lo planeado, “no tiene uno idea a dónde va y después llora porque no se quiere ir”, reflexionó.
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