DE IDA Y VUELTA Odio -como el Ratón Crispín- con odio jarocho el quedar mal, llegar tarde y hacer que me esperen en las citas. Sé que a muchos mexicanos les requetencanta hacerse los interesantes llegando a último minuto rechinando …
DE IDA Y VUELTA
Odio -como el Ratón Crispín- con odio jarocho el quedar mal, llegar tarde y hacer que me esperen en las citas. Sé que a muchos mexicanos les requetencanta hacerse los interesantes llegando a último minuto rechinando suelas. A mi no, lo considero de muy mala educación. Hoy, por esas combinaciones perfectas que suelen darse en esta impredecible vida, tuve esperando un buen tiempo a mi entrañable amigo Héctor Luis en el Asadero Cien del Tejar. La confusión se dio porque el lunes estuve en otra de esas sucursales carnívoras (que nos remonta a los orígenes en que nos comíamos la carne a mordiscos desaforados) comiendo con un joven amigo que está haciendo changuitos por ser considerado en la terna final para ocupar la titularidad del ORFIS, y en esa sucursal estaba yo haciendo mohína porque los meseros pasaban y me ofrecían agua, refresco o que si ya me tomaban la orden, y en todas las ocasiones les decía que no, que estaba esperando a alguien. Finalmente, no estaba en el lugar adecuado, la cita era en otro restaurante y tuve que salir corriendo y quemando llantas para alcanzar a mi educado amigo que tuvo a bien no presionarme ni reclamar mi tardanza. Llegué a la cita con un hambre de oso polar en primavera, con la cara en el piso por la vergüenza y rechinando las suelas (así que eso se siente).
La conjugación exacta de las circunstancias es incluso tema de estudio, generaciones de filósofos la han analizado y hay hasta teorías en contra como la teoría del caos. Políticamente también tiene repercusión pues es de muy pocos desconocido el viejo adagio de que la política es cuestión de constancia y circunstancia. A eso le apuestan los políticos el día de hoy, a que las circunstancias se les cuadren, a que los chamanes catemaqueños los pongan en la senda de la victoria y del desarrollo personal, que el caos se calme y las aguas fluyan a favor.
Esa conjugación exacta se dio en la Ciudad de México durante el terrible terremoto del 85. Quise ir a ayudar, a sumar, a sacar atrapados de entre los escombros con mis manos. Vivía en ese entonces en Villahermosa, Tabasco, y lo único que pude hacer fue organizar algunas jornadas de recopilación de víveres entre mis compañeros de clase, vecinos y desconocidos. La magnitud de la tragedia fue llegando a cuentagotas hasta la provincia y aunque moría por ir, en ese entonces no obtuve ni el permiso ni el apoyo suficiente. Me quedé allá, a cientos de kilómetros sintiéndome un inútil.
Lustros después las historias continúan resonando como ecos inapagables entre los espacios vacíos que antes albergaron edificios, en los monumentos erigidos en honor de los muertos, en el terror de los que sobrevivieron y que continúan sufriendo cada vez que tiembla en el DF. En una exposición fotográfica colocada frente a la Alameda Central encontré una narración que me impactó. Un joven scout, que debía haber tenido más o menos la misma edad que yo tenía en el 85, ayudaba a los bomberos en un edificio derrumbado, se oían voces que salían de entre los escombros pero la maquinaria pesada no llegaba; los bomberos no podían hacer nada y sólo el joven scout se armó de valor, se metió serpenteando entre las pequeñas cavidades y se perdió de vista, no llevaba nada en las manos ni en la espalda, no llevaba ni martillos ni cinceles, llevaba sólo la desesperación a cuestas de saber que abajo del cemento, los ladrillos y el polvo, había vidas que se estaban perdiendo. Después de unos agonizantes veinte minutos el joven salió cubierto de polvo hasta las pestañas, abrazando con fuerza a un niño de unos tres años. Los bomberos recogieron al niño aún con vida y le pidieron al joven que se saliera, pero él dijo que todavía había gente adentro, se metió nuevamente y después de unos segundos sobrevino una réplica que terminó de derrumbar el edificio… el scoutito no volvió a salir.
No puedo ni imaginarme el dolor de los que estuvieron, vivieron o padecieron días enteros enterrados en las sombras, oliendo los cuerpos en descomposición de sus amigos y familiares. La historia del scout es sólo una, pero es de las que más me impresionó por la edad del muchacho, casi la misma que yo tenía cuando quise ir y no me dejaron… pude haber sido yo. Han pasado más de veinticinco años y al parecer en el Distrito Federal ya aprendieron y se toman en serio la protección civil. Aquí en Veracruz ¿Cuándo la tomaremos en serio? ¿Cuándo dejarán las autoridades de seguir justificando los desastres en “lluvias atípicas”? ¿Cuándo?
Cualquier comentario de esta temblorosa columna, favor de enviarlo a atticusslicona@gmail.com y puede seguirme en twitter en @atticuss1910
Comparte la noticia