DE IDA Y VUELTA De todo me enseñó mi esforzada madre, desde lavar baños hasta zurcir calcetines y pegar botones, me hizo (me formó) como el amo de casa perfecto que todo lo sabe hacer -que quiera hacerlo y lo …
DE IDA Y VUELTA
De todo me enseñó mi esforzada madre, desde lavar baños hasta zurcir calcetines y pegar botones, me hizo (me formó) como el amo de casa perfecto que todo lo sabe hacer -que quiera hacerlo y lo haga en la práctica ya es otra cosa-; me enseñó de todo, o casi de todo, menos a cortarme las uñas según dice mi esposa Karla. Las de las manos casi nunca fueron problema, en mis tiempos mozos bastaba con meterles diente previa chupada de media hora para aguadar el revestimiento córneo (el casco, la pezuña, la garra, la zarpa), excentricidad que se me fue quitando poco a poco pues los rechazos juveniles me hicieron comprender que no me veía setsi mordiéndome los dedos. Las que siempre me han comprometido son las uñas de los pies, alejadas hasta los extremos más meridionales del cuerpo y que son un verdadero martirio para poder llegarles, por eso me las corto cuando puedo y como puedo (¿No te las puedes cortar derechitas? Por eso se te entierran Atticusito). No tengo yo la culpa, mi santa madre me las cortó el tiempo que consideró prudente y jamás me hizo examen alguno para ver si estaba ya listo para salir a vivir… esas son cosas que nos deben preguntar antes de despedirnos en la puerta de la casa y decirnos Adiós m’ijo, si no nos vemos, pues ya nos vimos.
Me muevo ahora a otro escenario diferente, al Hay Festival 2012, evento esmerado que fue bonito mientras duró aunque haya durado tan poquito. El miércoles me hice acompañar de la figura paterna a la conferencia del premio Nobel de Literatura J.M.G. Le Clézio quien estuvo en plática con Jean Meyer; el jueves bailé en el Teatro del Estado al ritmo de jazz, funk y hip hop, bajo los acordes del grupo Hypnotic Brass Ensemble, al estilo de una big band de Chicago (sonidos como los que debió tener la novela El Gran Gatsby); el viernes descansé; el domingo llevé a mi hija a la plática de Guadalupe Nettel, Álvaro Enrigue, Fabrizio Mejía y Joâo Paulo Cuenca; el sábado por la noche estuve en la plática de Jis y Trino que hablaron sobre el largometraje “El Santos contra la Tetona Mendoza”; y ese mismo día sábado pero a media tarde escuché la disertación del Premio Nobel de Literatura Wole Soyinka (por eso no supe cómo quedó el fabuloso América contra la pelusa de Las Chivas).
Todos los eventos a los que asistí resultaron memorables, los atesoraré en un lugarcito muy especial de mis recuerdos. En todos hubo además una nutrida concurrencia que pagó su boleto y los estudiantes que entraron gratis terminaron de llenar los huequitos vacíos. Como el miércoles inicié el periplo del Festival ya para el domingo me sentía como borrachito que se ha tomado un six en cada cantina de Clavijero. Cada plática y cada evento me dejaba más maravillado y en mi interior una vocecita que crecía me decía Fíjate cuate, esos sí escriben…
Ahí tienen que el problema se dio porque como el miércoles comencé con mi padre en una conferencia de un premio Nobel, mi santa madre el sábado ya estaba media enfurruñada porque pensó que no me iba yo a dignar a llevarla a ningún evento. Con eso en mente y con la conciencia de que las madres ni reclaman (¡Vaya! Pensé que no te ibas a acordar que tienes madre) pasé por ella el sábado por la tarde y la llevé a ver a Wole Soyinka. ¿Va a ser en el Teatro del Estado, verdad? ¡En la móder! Ahí comenzó todo a ponerse tétrico, como la plática con Le Clézio había sido en el Teatro ella consideró que no es de hijos llevarla a la Carpa de la Casa del Lago… Pero má, ésta es con traducción simultánea, el autor es nigeriano y tiene una voz de seda como la de Morgan Freeman. ¡Uff, uff, y recontraufff!… la compuse de milagro. Luego, la lluvia, la maldita lluvia que se soltó desde las cinco y no se quitó hasta casi media noche. La lluvia que comenzó a colarse en la carpa y llenó de sendos goterones el espacio techado. Mi madre se cambió de lugar y yo engarrotado en mi silla mordiéndome las uñas pensando que hasta la lluvia era mi culpa. Me terminé el revestimiento endurecido y continué con la cutícula -ya saben que uno ni siente presión cuando de quedar bien con la mamá se trata-. Finalmente Wole Soyinka comenzó a hablar y los concurrentes olvidaron, por lo aterciopelado de su voz, las goteras, mi madre se sentó nuevamente a mi lado y escuchamos en traducción simultánea su disertación sobre la libertad de expresión, la religión y los valores africanos. Veracruz no salió tan raspado en esa plática (creo que en otras no le fue tan bien por el reclamo de los periodistas asesinados) y al final todo terminó bien y sigo, creo, dentro de los planes testamentarios.
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