Columna “De ida y vuelta” Por Atticuss Licona No debería hacerlo… pero lo hice debido a mi sino inconsecuente que me atosiga cada que le viene en gana y me instiga a hacer cosas que no debería. En incontables ocasiones …
Columna “De ida y vuelta”
Por Atticuss Licona
No debería hacerlo… pero lo hice debido a mi sino inconsecuente que me atosiga cada que le viene en gana y me instiga a hacer cosas que no debería. En incontables ocasiones ha quedado plenamente comprobado que yo para eso de las talachas del hogar soy un fiasco mayor que los once mataperros de Las Chivas. Pero aún así el orgullo varonil me llevó a comprar unos arbotantes de techo para sustituir el furris foquito ahorrador que colgaba míseramente de la tablaroca de la cocina y que la iluminó durante años con 60 ñangos watts de potencia… y, por si fuera poca la osadía, también compré una nueva pichancha para el lavabo del baño. Dos actividades poco combinables que, como siempre, se me hizo fácil pensar que podría realizar sin mayores contratiempos.
Los tres arbotantes no tuvieron demasiada complicación, en menos de cuatro horas que se me fueron en un tris pude hacer los hoyitos en el plafón. Cinco agujeros para tres arbotantes: uno para cada foco, otro que ocupaba la anterior bombilla y uno más que fue ineludible e inservible pues cuando lo abrí, resultó que tenía una barra de aluminio al fondo… ¡pa’saber! Para la conexión atejoné todos los conocimientos eléctricos que me dejaron mis tardes perdidas en la Secundaria Técnica #3 y su taller de Electricidad, del cual saqué profundos saberes irrelevantes de conexiones en serie y el dominio de un par de decisivas asignaturas en mi vida que fueron “Colocación de focos I y II” y “Bricolaje con cinta de aislar”. Aún así, precavido como siempre he sido, este tipo de arriesgados pases de magia los realizo sólo a plena luz del día y con el switch abajo, previa llamada a la Comisión de Electricidad para que de ser posible me desconecten el transformador un par de horas.
“Terminada” mi faena eléctrica me dispuse a mostrar la rajita de mis bellas posaderas agachado bajo el lavabo. Cambiar una pichancha pareciera una tarea por demás sencilla, algo tan papita que hasta podría realizarla cualquier diputadillo, pero no se crea, enseñar la raja tiene su chiste y no es fácil pues podría caerse con presteza en la vulgaridad. Lo primero fue quitar la pichancha vieja e inservible. Un par de maratónicas horas consumí en tal labor y una vez que me choqué de intentar quitarla dándole vueltecitas a la derecha, vueltecitas a la izquierda y moverla como pieza de Tetris, decidí utilizar el derecho divino que Dios nos dio: la fuerza, por lo que en menos de tres minutos la rompí a martillazos y salió como sedita… que no saliiiía la condenada!!!
Una vez identificado el método preciso, meter la nueva pichancha fue solo cuestión de entusiasmo, le apreté con mis deditos sus tuercas, la conecté al cespol y voilá ‘¿Voulez vous coucher avec moi?’. Por primera vez me sentía pletórico después de un trabajo del hogar, brinqué de alegría y me acomodé el pantalón en el aire, abrí la llave (una vez que toqué tierra) y ahí comenzó mi tortura… ¡oh desgracia mía! El agua se filtraba imparable entre las juntas. Caí en la desesperación, supe que mi lance de plomero había fallado, fuime a la cocina por las herramientas a ver si encontraba alguna llave que me auxiliara y me di cuenta que de los cinco hoyos del techo había tapado sólo tres con los focos… ¿pero los otros dos? ¡En la móder!
Hoy todavía se riega el agua del lavabo y la estoy recogiendo en un tacho, mientras que los hoyos del plafón de la cocina siguen igual de majestuosos. He andado todo el día de puntitas, pues tengo la idea de que si no hago mucho ruido podré evadir el radar y no ser cruelmente acribillado con remilgos y miradas frías de mi esposa. Buscaré en breve al plomero para que arregle la fuga, pero eso sí, de los hoyos me encargo yo, faltaba más, aunque de esa odisea después les cuento. ¡Ultimadamente! Los foquitos encienden y el agua se va, que es lo que queríamos ¿no?… más feo la riegan y la regarán los diputados y nadie les dice nada.
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