DE IDA Y VUELTA Atticuss Licona Mis primeros recuerdos están empantanados y revueltos en una mezcla difusa, un cuajarón de ideas que cada vez me es más difícil dilucidar y temo que con el paso de los años las recuerde …
DE IDA Y VUELTA
Atticuss Licona
Mis primeros recuerdos están empantanados y revueltos en una mezcla difusa, un cuajarón de ideas que cada vez me es más difícil dilucidar y temo que con el paso de los años las recuerde cada vez menos. De entre esos primeros recuerdos me viene a la mente la ocasión en que mi padre me llevó por primera vez a las luchas.
En la Ciudad Deportiva de Villahermosa, acondicionaron el gimnasio para que aquellos luchadores armaran sus escaramuzas para deleite y goce de los chiquitines. Creo también que es condición innata de los padres el desbaratar con singular precisión los sueños e ilusiones de los niños, pues en esa ocasión mis máximos exponentes se enfrentaban en lo que para mi era una batalla épica, y ahí estaba yo prendido de mi asiento, a moco tendido y llorando horrores porque los técnicos habían perdido la primera caída y preocupadísimo por los sonoros zurriagazos que se daban. Mi padre, bien tierno y fino, con 6 sencillas palabras me dislocó la niñez: “Es puro circo, maroma y teatro”.
Y sí, efectivamente, a partir de ese momento la segunda y tercera caída fueron una farsa… farsa que yo antes no notaba. De allí en fuera todos los recuerdos de esa noche en que perdí la inocencia luchística son borrosos, seguramente éstos se fueron diluyendo con el paso de los años en las natas de la vida.
Así, poco a poco, con el paso de los años fui descubriendo que no todo lo que vemos es verdad, jamás volví a disfrutar la lucha libre hasta que ya mayorcito me escapaba con los demás ociosos universitarios de mi clase y nos metíamos a la Arena Xalapa a mentar madres y a provocar a los rudos. Es parte del show, pues nunca faltan los naquitos como nosotros que nos sentábamos lejos no por falta de recursos sino para que nuestros gritos se reflejaran por todos los rincones.
No obstante, y pese a esos bochornosos episodios, aquella ya lejana noche del gimnasio jamás hubiera imaginado que algún día iba a ansiar que mis hijos estuvieran lo suficientemente grandes para llevarlos a espectáculos deportivos. Lo único que recuerdo es que yo quería ser grande y antes que me destintaran la inocencia soñaba con ir a las luchas y que pidieran voluntarios para subirme a romper espaldas con las quebradoras.
Sin embargo tampoco crea que me estoy quejando porque un padre no puede ser perfecto (si lo sabré yo que soy horrible en mi papel de padre). Disfrutaba, sobre todo, aquellas vivencias padre-hijo que nos hicieron crecer en la segunda mitad del siglo y que nos dieron a mi hermano y a mi demasiado mundo, como cuando lo íbamos a visitar a su trabajo al Distrito Federal. Vivíamos no recuerdo en qué ciudad pero lo visitábamos a menudo y nos metíamos a su oficina hasta que se enfurruñaba y nos corría por no aguantar nuestras caritas amargosas de 6 y 7 años que cada cinco minutos le decían “Estamos aburridos”. Ahí se armaba de valor y nos pintaba un mapita en una servilleta para que desde Fray Servando nos fuéramos derechito hasta el hotel Canadá que se encontraba en la calle 5 de mayo. Era un espectáculo precioso para el DIF, dos niños de primaria eran enviados solitos hasta el hotel en la Ciudad de México, caminando y sin dinero y mucho menos con teléfono pues en ese entonces todo se resolvía a gritos. Esas son experiencias invaluables, de las que sí sirven para la vida.
Cuando era niño no dimensionaba y me creía lo que me decían sin cuestionarlo y desafortunadamente en algún tramo de mi devenir creo que me quedé siendo niño, o cuando menos vivo en una ciudad donde piensan que todos somos niños que nos creemos todo. Es más, me voy a poner valiente y me arriesgo a decir que si Usted me está leyendo en otra ciudad distinta de Xalapa tendrá un alto grado de probabilidad de sentir lo mismo, que sus autoridades nos creen unos niños que se compran con golosinas. Aquí, cuando menos, Elízabeth la Malafama Morales, nos trae fintos. Un día declara que todo está muy bien y el otro que todo está excelente. Me imagino a sus asesoras bisbiseándole al oído “bbissbissisbs ¿no cree alcaldesa que está exagerando? bissbiisss”. El mundo de caramelo que nos inventó David Velasco nos lo han convertido a fuerza de millones de pesos en publicidad en la ciudad de la fantasía, donde no es feliz sólo el que no quiere, gracias a la seño, of course.
Cualquier comentario de esta columna vivencial, favor de enviarlo a atticusslicona@gmail.com y puede seguirme en twitter en @atticuss1910
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